martes, 2 de junio de 2009

El despertar de la bestia (Aion/Nariel)

Ese maldito bicho se había escapado y encima le tocaba a él salir a buscarlo. Si a Akito no se le hubiera ocurrido la magnífica idea de meter el alma modificada dentro de aquel dragoncito de peluche. Aion miró a un lado y a otro, buscando al animal hasta que algo llamó su atención, haciendo que mirara hacia el cielo. El nivel de reiatsu de la zona se había incrementado notablemente y aquello no es que le gustara demasiado. Y, efectivamente, parecía que tenía de qué preocuparse.

En lo alto del cielo había comenzado a abrirse una garganta, dejando ver el imponente cuerpo de una Espada que Aion ya conocía muy bien: Nariel. El largo faldón blanco abierto a los lados dejaba ver claramente sus largas piernas tostadas, solo cubriendo las partes más pudendas; la blanca camisa de pico y descubierta atrás dejaba ver un generoso escote adornado por un bonito cascabel dorado que colgaba de su cuello. La Espada salió de la garganta, descubriendo por completo su rostro al hacerlo, con aquella expresión tranquila, esas facciones delicadas pero sensuales, de gruesos labios rosados y brillantes ojos lilas, enmarcado por una larga melena pelirroja y despeinada que le daba un aspecto de lo más salvaje, coronada su frente con una máscara de hueso en forma de mandíbula. La Sexta Espada había regresado.

-¿Qué coño estará haciendo aquí de nuevo?- prensó Aion al verla, manteniendo la vista fija en la Espada, que parecía buscar algo con la mirada. Tras unos segundos de espera sintió subir el nivel de reiatsu nuevamente; al parecer buscaba llamar la atención. El pelirrojo sacó su gikongan y se la metió en la boca. Inmediatamente su alma de shinigami abandonó el gigai y se giró hacia éste -Vuelve a casa y espera allí, si vuelven diles lo que pasa- dicho y hecho, el gigai salió corriendo de vuelta a casa.

La salida del alma de Aion de su gigai hizo que Nariel le localizara enseguida, descendiendo en su búsqueda. Pero el shinigami parecía querer alejarse de allí y enseguida comenzó a caminar hacia un parque cercano donde no había nadie: si había que luchar era mejor que nadie más saliera herido. Se detuvo nada más llegar, esperando a Nariel que se colocó justo delante de él, mirándole fijamente.

-Tranquilo- dijo la mujer, sacando las manos de los bolsillos y alzándolas lentamente, sin perder el contacto visual –. No busco pelea.

-Entonces ¿Qué haces aquí?- preguntó inquisitivo, entrecerrando ligeramente sus dorados ojos ligeramente.

-De paseo, como el otro día- dijo la Espada, encogiéndose ligeramente de hombros. Aion continuaba mirándola -.Aunque, esta vez, venía a verte a ti- susurró, caminando hacia él hasta detenerse a unos cuantos pasos.

-Y yo me lo creo- comentó Aion irónico. No podía imaginarse que una arrancar fuera solo a visitar a un shinigami.

-No me creas- contestó Nariel con una media sonrisa, sin apartar los ojos de su presa -, pero no tengo por qué mentirte ¿no?- aquello hizo que Aion la mirara ligeramente extrañado. En eso tenía razón… no tenía por qué decirle una mentira -. Me llamaste la atención y mi naturaleza me hace ser curiosa.

-¿Qué quieres de mi?- preguntó finalmente, tranquilo, aunque sin bajar la guardia. Pese a que parecía no querer ni rozar su espada, aún podía lanzarle un zero.

-Nada malo- contestó la Espada, comenzando de nuevo a caminar, rodeando el cuerpo del muchacho, que la seguía con la mirada -, simplemente me llamaste la atención, ya te lo dije- pero a Aion seguía sin gustarle la situación… aquella Espada estaba hablándole como si fueran compañeros cuando, en realidad, eran enemigos. Nariel, al notar su turbación, sonrió ligeramente, deteniéndose justo detrás del shinigami. Se acercó lentamente a él y pasó sus manos por su cintura, rodeándole, rozando su cuerpo con los brazos al hacerlo -¿Me tienes miedo?- susurró muy sensualmente en su oído, dejando que su cálido aliento rozara su piel. Pero Aion no parecía ni moverse, como si aquellas insinuaciones no fueran nada extrañas.

-Para nada- contestó, girando un poco el rostro para intentar verla -. Pero si no vienes para luchar, no tienes nada que hacer aquí.

-Eres un poco cortito ¿no?- dijo Nariel, enarcando ambas cejas -¿De verdad que no te lo hueles?- Aion, pese a estar un poco enfadado ya con el tema, negó suavemente. Nariel le soltó y le tomó de la muñeca, haciéndole girar para quedar frente a frente.

Aion parecía no querer entender lo que la Espada intentaba explicarle, algo que ya había intentado explicarle Akito en otros momentos. Entonces Nariel tuvo una idea que, en el fondo, ya deseaba poner en práctica en cuanto le vio.

-A ver, déjate llevar- dijo tras suspirar, obligándole a sentarse en el césped, sentándose sobre sus piernas a horcajadas ella después, ambos cuerpos ya muy juntos. Tomó los brazos del shinigami y, con tranquilidad, hizo que rodeara su cintura, cruzándolos tras ésta -. Agárrame así- susurró. Aion se limitó a hacer lo que le dijo, mirándola extrañado. No sabía qué pretendía la Espada realmente con él, pero al menos estaba visto que luchar no era su objetivo. Enseguida Nariel posó sus manos sobre el cuello de Aion, rozándolo lentamente con la yema de los dedos hacia su nuca mientras sus labios se acercan a rozar los del shinigami… ¿Quién lo diría? Ella, la sexta Espada, se había encaprichado de un shinigami y, además, un Teniente.

Enseguida Aion comenzó a seguirle el juego a la mujer, devolviéndole aquellos suaves y castos besos en la comisura de los labios, dejando que la muchacha mordisqueara sus labios y tironeara de ellos con una sensualidad que jamás había conocido. Y aquello le hizo despertar… El calor de su cuerpo ascendió rápidamente, reflejándose en sus ojos y en sus acciones… Pronto el abrazo del shinigami fue más apretado, buscando el contacto entre ambos pechos mientras Nariel luchaba por entreabrir los labios de Aion con la puntita de su lengua.

-¿Ves… como no era… tan terrible?- susurró entre besos, riendo, antes de besarle apasionadamente en cuanto él abrió los labios. Sus lenguas se encontraron, enredándose en un húmedo abrazo, danzando en la pista que conformaban sus bocas. Las manos de Nariel se enredaban en los rojos cabellos del shinigami, sintiendo la suavidad de éstos entre los dedos, deleitándose con el cosquilleo que le producían, mientras que las manos de él ascendían por la espalda de la mujer, rozando su piel desnuda lentamente, sintiéndola estremecerse. El calor se había despertado en ambos y no paraba de crecer… necesitaban sentirse más, acariciarse…

Enseguida las manos de Aion comenzando a deslizarse hacia los costados de la Espada, rozando su piel con la misma sensualidad, sonriendo ligeramente al sentir los suspiro de placer de la mujer con cada beso, con cada caricia que le regalaba. Tomó sus pechos entre sus manos y los amasó con delicadeza, sintiendo su textura, su forma entre sus manos, amasándolos a placer. Nariel no podía evitar suspirar de placer. Se acomodó mejor sobre sus piernas y comenzó un lento vaivén sobre el shinigami, rozando sus sexos aún cubiertos, ya excitados y deseosos de sentirse. Se apretaban uno contra otro, se acariciaban casi nerviosamente.

-No… me creo estar… haciendo… esto- susurró Nariel entre besos, descendiendo las manos por sus hombros hacia el pecho del shinigami para abrir su haori, separándose un poco de él. Nunca le había visto desnudo y lo que vió no la decepcionó en absoluto. Su torso estaba perfectamente desarrollado, todos y cada uno de sus músculos se marcaban con cada movimiento de caderas del shinigami e incluso unas cuantas gotitas de sudor decorrían su piel, otorgándole una visión realmente sensual. La mujer sonrió al verlo y se reclinó a besar su cuello tras apartar sus cabellos, paseando sus labios por él, atrapando la piel del mismo entre sus labios y sorbiendo. Aion se limitó a ladear la cabeza para darle mayor accesibilidad a la zona, agarrando con fuerza las nalgas de Nariel para acompañarla en el movimiento de sus caderas.

Mientras que los labios de Nariel descendías hacia el pecho del shinigami, sus manos habían comenzado a desatarle, lentamente, las cuerdas del hakama. Ambos deseaban lo mismo y, sentir la dureza del miembro del muchacho contra ella no hacía sino desearle más y más. Se incorporó un poco, apoyando la frente sobre la de Aion, que abrió los ojos mirándola, sin comprender qué hacía.

-Tranquilo…- murmuró Nariel con una sonrisa, mirándole a los ojos… ambas miradas estaban cargadas de una lujuria animal, como si las bestias que habitaban en su interior les dominaran por completo –Esto aún no ha terminado- rió traviesamente, dándole un lametón en los labios, maliciosa, mientras colaba la mano por entre las ropas del muchacho. Con los dedos rozó su inhiesto miembro, que dio un respingo y provocó que Aion resoplara de placer, centelleando sus ojos por el deseo. La muchacha rió maliciosamente, lanzándose a besar ardientemente sus labios de nuevo mientras terminaba de maniobrar. Descubrió el sexo de Aion y, con cuidado, retiro su propia ropa interior, sentándose sobre él de nuevo.

Ambos gimieron a la vez, separando sus labios, sintiendo cómo se unían sus cuerpos centímetro a centímetro, cómo una explosión de placer recorría sus espaldas. Nariel se quedó quieta, sobre él, con su sexo completamente enterrado en su interior, y le miró intensamente a los ojos, sonriente. Aion le devolvió una comedida sonrisa antes de volver a agarrar las nalgas de la mujer, apretándola contra sí. Volvieron a besarse y comenzó el movimiento de caderas una vez más, descubriendo un mundo de sensaciones que el shinigami desconocía y que estaba disfrutando como nunca. El ritmo comenzó a aumentar y los gemidos se hicieron más audibles para ambos… a penas podían ni besarse y Aion cada vez luchaba más por moverse y dominar él la situación.

No tardó en hacerlo. Detuvo el movimiento de la mujer y se levantó sin soltarla y sin salir de ella, manteniéndola entre sus brazos y besando su cuello con pasión, tironeando de su piel junto con un gruñido de placer. Nariel acariciaba sus cabellos, su nuca, gimiendo por lo bajo hasta que notó una nueva embestida y algo duro contra su espalda. El shinigami la había apoyado contra un árbol y acometía contra ella rápida y fuertemente; la bestia de su interior gritaba de deseo y él calmaba su sed con sus instintos. Nariel no paraba de jadear y de susurrarle al oído que no se detuviera mientras le agarraba del cabello, tironeando hacia atrás para poder mordisquearle el cuello placer.

Minutos más tarde el placer y el deseo alcanzaron su máximo esplendor y el shinigami explotó en un potente orgasmo, apretando a la espada contra sí, hundiendo la cara entre sus pechos para ahogar un jadeo. Nariel le abrazó contra sí, echando hacia atrás la cabeza y dejando nacer de su interior un grito mientras convulsionaba de placer. Y así se mantuvieron unos minutos, en silencio, abrazados y compartiendo una experiencia que Nariel estaba segura de querer volver a repetir.

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